Según señala el Catecismo en su número 1822, “La caridad es la virtud teologal por la cual amamos a Dios sobre todas las cosas por Él mismo y a nuestro prójimo como a nosotros mismos por amor de Dios”.

O sea que caridad y amor están entrelazados, la una me lleva al otro y viceversa; y de modo radical, pues no hay medias tintas: o soy caritativo o no lo soy, o amo o no amo.

La frase «ama y haz lo que quieras», atribuida a san Agustín, implica que, si actúas movido por el amor –el verdadero amor, claro– cualquier acción que hagas será correcta y buena. Se interpreta como una síntesis de la doctrina cristiana, donde el amor a Dios y al prójimo es el fundamento de todo acto moral. Por eso podemos afirmar que la caridad es la “reina” de las virtudes. Y, como sigue indicando san Agustín, la culminación de todas nuestras obras es el amor.

Al ser virtud teologal –referida a Dios y proveniente de Dios– es algo propio del cristiano, lo que naturalmente no quita que quien no pertenezca a ese credo no pueda amar.

Lo único que sucede es que la gracia divina que conlleva la manifestación del amor solo actúa en el alma del cristiano, y, por decirlo de algún modo, le aproxima a ese Dios gracias a quien y por quien ama a los demás: le hace santo.

El amor manifestado por el cristiano es caridad, en el sentido de que el acto humano de amar se eleva al ámbito sobrenatural y le abre a la acción de la gracia divina en su alma.

Manifestaciones prácticas de la caridad

Será el dicho “obras son amores, y no buenas razones” lo que haga que la caridad, entendida como amor a Dios y al prójimo, se manifieste en la vida práctica a través de acciones concretas que buscan el bien del otro.

¿Qué incluiría eso? Entre otras muchas posibilidades, nos referiremos a la ayuda a los necesitados, el diálogo respetuoso, la custodia de la verdad y la búsqueda de la justicia.

Los frutos de la caridad

Tras todo lo anterior, podríamos señalar que la caridad en la vida práctica se traduce en acciones concretas de amor, compasión y servicio a los demás. Es una virtud que nos impulsa a buscar el bien ajeno y a trabajar por una sociedad más justa y solidaria.

Pero algo que conviene subrayar es el beneficio obtenido al ser caritativo. Será que Dios no se deja ganar en generosidad. Y, según señala el punto 1829 del Catecismo, “La caridad tiene por frutos el gozo, la paz y la misericordia. (…); es benevolencia; suscita la reciprocidad; es siempre desinteresada y generosa; es amistad y comunión” (…). Lo cual, desde luego, es una recompensa para quien se da procurando el bien ajeno, en correspondencia a nuestra naturaleza, cuyo diseño comporta entrega, donación.